Antropología forense: entre la justicia y la reconstrucción histórica

El caso Santiago Maldonado renovó el interés por esta disciplina, que jugó un papel vital en la historia reciente argentina por sus aportes en la restitución de identidad a las víctimas de la última dictadura cívico-militar. En esta nota, una mirada sobre el trabajo científico que permite reconocer el sexo de una persona fallecida a partir de su cráneo, determinar su edad en función de sus costillas e incluso reconocer su lugar de residencia y su alimentación gracias a las huellas químicas preservadas en los huesos. [27.10.2017]

Producción conjunta de UNCiencia y Alfilo

Claudina González es historiadora y antropóloga. Participó en numerosas campañas forenses en Argentina y el exterior, y actualmente realiza un posdoctorado en el Instituto de Antropología de Córdoba, dependiente de la UNC y el Conicet.

Es profesora de la cátedra Antropología Forense, en la licenciatura en Antropología que dicta la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, e integra el Programa de Arqueología Pública, del Museo de Antropología y la Secretaría de Extensión de dicha Facultad, que dirigen Mariana Fabra y Mariela Zabala (Ver “Programa de Arqueología Pública”). En ocasiones, una llamada del destacamento policial de alguna localidad del interior provincial interrumpe su agenda: “Aparecieron restos, vengan”. Con ese contacto, comienza su labor.

Intervino en las excavaciones realizadas en cementerios de Mendoza, Salta, y en el ex Centro Clandestino La Perla, en Córdoba; en todos los casos, como parte de  la investigación por las desapariciones y asesinatos cometidos por la última dictadura cívico-militar.

En el exterior, participó en campañas en el Tchad en África y El Salvador en Centroamérica. En este último, como consultora en la búsqueda y exhumación de los cuerpos de la masacre de El Mozote (1982), donde cerca de 900 campesinos -entre quienes se encontraban niños- fueron asesinados por un batallón de las Fuerzas Armadas de ese país (Ver “De científica a perito”).

El trabajo en el terreno

Según explica González, lo primero es proteger el sitio, evitar que alguien toque o levante los restos, porque eso altera el contexto y la información que se puede obtener de él. Lo segundo es determinar si se trata de restos arqueológicos o forenses.

En el primer caso, el procedimiento consiste en elevar una nota al fiscal interviniente explicando que los restos carecen de interés judicial. De esa manera, lo que se recupera queda a cargo del Museo de Antropología, donde se realizan los análisis para determinar su origen. Posteriormente, se procura que ese patrimonio retorne a la localidad de origen, y particularmente a un museo público local.

¿Cambian los protocolos si los restos son arqueológicos o forenses? No. Los procedimientos básicos son los mismos y se desprenden de protocolos internacionales, como el de Minnesota. La antropóloga explica que el registro escrito, fotográfico y fílmico, si es factible, es la principal medida de protección del hallazgo.

“Una vez que se llega al sitio, se trata de acordonar para que solo ingresen las personas autorizadas. Se toma una fotografía del lugar y recién después se ingresa. Todo el tiempo se va fotografiando, cuando se cambia algo de lugar o cuando se levanta evidencia. En casos forenses, la cadena de custodia, es decir, el seguimiento que se hace de la evidencia, es muy importante. Si yo levanto un material y luego otra persona se hace cargo, eso debe quedar documentado hasta que llegue el juicio”, agrega.

En ocasiones, resulta complicado discernir si se trata de restos arqueológicos o forenses. “Hemos encontrado restos de 4000 años en condiciones similares a las de una personas fallecida hace cinco”, ejemplifica. En esos casos, el suelo de donde se recuperaron aporta mucha información. “Si hay muchos pinos, por ejemplo, es un lugar muy ácido y algunas cosas se deterioran mucho más rápido”, completa. El desgaste dental y la posición del entierro también ayudan a clarificar el origen de los restos, así como la presencia de fragmentos de cerámica antigua o ajuares.

En qué consiste el trabajo forense

La labor de estos profesionales implica tres etapas bien diferenciadas. En la investigación preliminar, se busca obtener la mayor información posible sobre la persona que se está buscando -por ejemplo, en un enterramiento clandestino-, a partir de documentos y entrevistas a familiares, conocidos o testigos.

El segundo paso es practicar la excavación, donde se aplican técnicas y métodos propios de la arqueología. Siempre se extrae de lo superior a lo inferior. Cuando se detectan huesos que pertenecieron a distintas personas, se suelen usar cintas de colores para distinguirlos posteriormente. Cuando están muy mezclados, el profesional debe ir siguiendo las articulaciones. Es un trabajo que requiere un cuidado extremo, y que debe estar acompañado por un detallado proceso de registro y documentación.

La última instancia es el trabajo de laboratorio. “Cuando llegan los restos, existe un protocolo de trabajo que implica acondicionarlos, tomar radiografías, fotografías y practicar sobre ellos distintos análisis. Todo para determinar el sexo, estimar la edad, estatura, posibles patologías y, en último caso, determinar la causa y modo de muerte. También se pueden tomar muestras en caso de que sea necesario cotejar el ADN”, explica Claudina.

¿Cómo es el procedimiento? Lo primero es acondicionar el material recuperado, despojarlo de tierra o posibles remanentes de tejidos blandos. Luego se toman radiografías. El próximo paso es extenderlo en la mesa de trabajo y realizar un inventario: qué restos se hallaron, en qué condiciones, qué agentes actuaron sobre ellos en el lugar donde estaban enterrados. Se determina el sexo y si existe alguna fractura; se estima la edad y se practica odontología forense, ya que las particularidades de los arreglos y amalgamas pueden arrojar indicios sobre la identidad de los restos.

En ocasiones, al describir los daños o lesiones es factible precisar con qué arma fue atacada la persona, a qué distancia, la trayectoria que siguió la bala y su calibre, por ejemplo. Toda esa información es elevada al fiscal o al juez.

Un dato: para establecer el sexo se utiliza principalmente la información aportada por la pelvis y el cráneo. En las mujeres, la pelvis es mucho más ancha, porque está prevista para contener a un bebé. En el cráneo, en tanto, los rasgos que se analizan son varios. Uno es la prominencia del mentón, propia de los varones, y  otro es la presencia o no de la “glabela”, una rugosidad ósea en la frente, ausente en las mujeres. Es bastante notoria al tacto y se ubica por encima del entrecejo. 

¿Con qué exactitud se puede determinar la edad?

Cuando uno es joven, hasta los 18 años, estimar la edad es mucho más fácil, cuenta Claudina. La erupción dental es un rasgo que tiene un margen de error de más o menos seis meses. Pero cuando la dentición ya está completamente desarrollada, entonces se utilizan métodos como el desarrollo de la superficie costal. “En el medio de las costillas tenemos un cartílago que se va degenerando a medida que nos vamos haciendo más grandes. Los estadíos de ese cartílago sirven para para determinar la edad, pero en este caso los rangos de estimación son mucho más amplios, de más o menos ocho años”, comparte la especialista.

Además, el esqueleto se va deformando a medida que vamos creciendo y algunos investigadores utilizan esos cambios para cuantificar la edad. De todos modos, Claudina subraya: “Lo mejor son las costillas o una parte de la pelvis llamada sínfisis, que es donde se unen los dos huesos coxales. Eso también es cartílago y se va degenerando a partir de los años. Por su morfología, te das cuenta si la persona tenía más o menos de cuarenta años, por ejemplo”.

¿Cuál es el límite entre el trabajo de un médico forense y un antropólogo forense? El primero trabaja cuando hay tejidos blandos, cuando todavía es factible identificar a simple vista a la persona y practicarle una autopsia. El segundo, en cambio, interviene cuando los restos presentan un estado esqueletizado o de avanzada descomposición. Estos profesionales, además, aportan información sobre el terreno donde fueron hallados los restos, que resulta de vital importancia tanto en el trabajo científico como en el judicial.


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de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC

El mítico carbono 14

El mítico carbono 14

Se sabe que los dientes de todas las personas son distintos. En el caso de que se posea información previa –como la ficha odontológica de la persona que se está buscando–  es posible realizar un cotejo y avanzar en la identidad de los restos hallados.

En el campo de la arqueología, uno de los estudios que mayor fama ha ganado es el análisis del carbono 14. En el Instituto de Antropología de Córdoba (Idacor), dependiente de la UNC y del Conicet, lo aplican. Para ello, toman una pequeña muestra, como un diente o el hueso de un dedo, y la envían a laboratorios especializados en Estados Unidos o Japón.

Como el carbono 14 se va degradando a tasas que se pueden medir, es posible saber si una persona murió hace 3000 años, con un rango de error de aproximadamente 100 años, por ejemplo.

Más aun, los resultados no solo permiten conocer cuándo murió la persona, sino también cómo era su alimentación. Este último dato es posible gracias a que tanto el oxígeno que obtenemos del agua, como el nitrógeno y el carbono que aportan la comida, se van depositando en los huesos.

“Si comías mucha carne, vas a tener niveles altos de nitrógeno, por ejemplo. En Argentina se está comenzando a utilizar el isótopo de oxígeno 18, que permite saber en qué lugares estuvo la persona en los últimos diez años de su vida”, subraya Claudina González.

Sucede que la proporciones de oxígeno y minerales en el agua que se toma varían significativamente de una región a otra. Si bien ya se está aplicando en Argentina, todavía resta conformar una base de datos con mayores precisiones sobre las características del agua en cada lugar del territorio nacional. Para tener una idea, este tipo de análisis permitiría distinguir si una persona murió en La Pampa o en Córdoba.

De científica a perito

De científica a perito

Participa tanto en el trabajo de campo como en el del laboratorio. Para ella, en ambos casos interactuar con restos humanos impone el mismo cuidado y respeto. Reconoce que siempre se vivencia un impacto ante los hallazgos, sobre todo por los familiares de las personas a las que se puede restituir su identidad. “Uno no se acostumbra”, reconoce. 

– Participaste como asesora y perito en distintos países. ¿Cuál es el denominador que encontrás en esas sociedades?

–  En muchos casos, la violencia. La violencia, sobre todo en América Latina, con que se manejaron algunos grupos y, en algunos casos, también el Estado. Uno lo ve en las excavaciones y en los restos, la violencia hacia todo tipo de personas, de todas las edades. Eso y la violación de los derechos humanos es el denominador común.

– ¿Y cómo es la reacción de las comunidades en las que intervinieron?

– En general, cuando vamos a trabajar hemos sido convocados por alguna de las partes. En algunos casos, son los mismos familiares quienes están llamando para que se actúe de perito y se mantenga una cierta objetividad en el trabajo de campo. En El Salvador, mi tarea fue coordinar los trabajos de exhumación y hacer valer estos protocolos en el campo: cómo se excava e incluso cómo se actúa con los familiares que, muchas veces, están alrededor de la fosa, porque ellos son quienes están marcando los sitios y los lugares.

Programa de Arqueología Pública

Programa de Arqueología Pública

El Equipo del Programa de Arqueología Pública funciona desde 2011 y está compuesto por antropólogos, arqueólogos, historiadores, biólogos, geólogos y geógrafos. Además, desde 2009, trabaja en el marco de un convenio con el Tribunal Superior de Justicia de Córdoba con antropólogos forenses del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), para responder ante el hallazgo fortuito de restos humanos y determinar su origen arqueológico o forense.

Una vez realizado el rescate y en el caso de tratarse de restos arqueológicos, se los traslada al laboratorio del Museo de Antropología, donde se los analiza, acondiciona y resguarda en la Reserva Patrimonial. Esos restos pueden volver a las localidades si cuentan con un museo público y realizan el pedido a la Agencia Córdoba Cultura del Gobierno de la Provincia de Córdoba.

También, después de analizar el material, se llevan adelante actividades de educación patrimonial en las comunidades donde se produjo el hallazgo. La modalidad consiste en una charla-taller en las escuelas con alumnos o vecinos, en la que se dan a conocer los resultados de las investigaciones realizadas, para que los pobladores interesados conozcan más sobre los modos de vida de las sociedades prehispánicas que habitaron el territorio cordobés.

En ese sentido, uno de los sitios donde se encuentran más restos óseos arqueológicos es en la región noreste de la provincia de Córdoba, que la fluctuación de la laguna Mar Chiquita pone al descubierto.

“El agua tiene oscilaciones y cuando se retrotrae aparecen restos. Hemos encontrado restos de 4500 años de antigüedad, en muy buen estado de conservación. El suelo es bastante salino y tiene un PH que permite su conservación”, explica Claudina González.

Los pedidos de intervención generalmente son solicitados por museos públicos de la región, con quienes trabajan activamente desde hace algunos años: el Museo de la región de Ansenuza “Aníbal Montes” de la localidad de Miramar y el Museo Histórico Municipal de La Para.

Si bien las investigaciones realizadas en el Museo de Antropología sugieren que las poblaciones prehispánicas ocuparon lo que hoy es el territorio cordobés desde hace 11.000 años, los restos encontrados en la zona específica de Mar Chiquita indican una ocupación humana de hasta 4500 años de antigüedad. “La hipótesis que nosotros manejamos es que es un sitio donde las comunidades prehispánicas vivieron durante muchísimo tiempo, y que fue ocupado por muchas poblaciones desde hace 4500 años hasta hace 300 años en el pasado”, dice González.

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La antropología forense en Argentina

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“Un principio fundamental para el equipo desde su fundación ha sido respetar profundamente los deseos de los familiares de las víctimas y de las comunidades en lo concerniente a la investigación; y trabajar de una forma muy cercana a ellos durante todos los pasos de la exhumación y durante el proceso de identificación. Durante su experiencia profesional, el EAAF ha observado que la identificación de los restos es una gran fuente de consuelo para las familias que han sufrido el trauma causado por tener a un ser querido desaparecido”, declaran en su página web.

Hoy, el EAAF se define como una “organización científica, no gubernamental y sin fines de lucro que aplica las ciencias forenses a la investigación de violaciones a los derechos humanos en el mundo”. Es ampliamente reconocida a nivel mundial y ha colaborado en la formación de múltiples equipos en otros lugares y en la mejora de los protocolos forenses nacionales e internacionales.

Los profesionales del equipo han trabajado en la investigación de casos de personas desaparecidas o muertas como consecuencia de procesos de violencia política en más de 30 países en África, Asia y América. Entre algunos de sus hitos se encuentran la búsqueda, exhumación e identificación del cuerpo del Che Guevara en Bolivia y su participación en la investigación de los 43 normalistas de Ayotzinapa desparecidos en Iguala, México, en septiembre de 2013.

En Córdoba

Durante 2003, el EAAF trabajó en el Sector C del Cementerio de San Vicente, en el marco de la causa judicial “Averiguación de Enterramientos Clandestinos”, tramitada ante el Juzgado Federal N°3 de la ciudad de Córdoba. Los miembros del equipo recuperaron unos 200 cuerpos y hasta ahora lograron identificar a 18, si bien tienen la esperanza de poder establecer la identidad de otros más. También, llevan adelante excavaciones y exhumaciones para identificación y restitución de identidad en el ex Centro Clandestino La Perla.

Anahí Ginarte y Darío Olmo fueron los miembros que formaron la subsede Córdoba del EAAF, donde funciona además el laboratorio de genética molecular del equipo, a cargo de Carlos Vullo.

Desde un principio, la historia del EAAF en esta ciudad estuvo ligada a la UNC. Primero, a través de su vinculación con el Museo de Antropología, donde funcionó varios años su laboratorio y, posteriormente, con la creación de la carrera de grado de Antropología, impulsada especialmente por Darío Olmo, quien fuera además su primer director.

La licenciatura en Antropología de la UNC abrió sus puertas en el año 2010, y se destaca por ser la única en Argentina en tener una cátedra en Antropología Forense, en donde profesores como Darío Olmo, Mariana Fabra, Claudina González y Melisa Paiario enseñan los principios básicos de esta disciplina.