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La lengua, una revolución que se gesta día a día

Cada 23 abril se celebra el Día Mundial del Idioma Español. Entre las cosas naturalizadas y poco cuestionadas, está la lengua. La forma en que hablamos cotidianamente tiene un lugar privilegiado entre los hábitos que tomamos y utilizamos casi sin reflexionar. Solo a veces se revisan los modismos, las formas y cómo representamos, a través de la lengua, la realidad que nos rodea. [03.05.2018]

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Josefina Cordera
Por Josefina Cordera
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
josefinacordera@unc.edu.ar

En la Facultad de Lenguas de la UNC, la cátedra de “Análisis del lenguaje en uso en Argentina” propone un recorrido por la conformación de la lengua, dejando ver en su entramado las relaciones de poder y los olvidos sedimentados que forman parte de nuestra forma de hablar actual.

“La sociolingüística es una disciplina que se ocupa de describir las relaciones entre la lengua y la sociedad-cultura. Se interesa, concretamente, en analizar la variación en el uso lingüístico de una comunidad y considera factores como el género, la edad o el nivel socioeducativo de los hablantes", explica Darío Delicia Martínez, especialista en Procesos y Prácticas de la Lectura y la Escritura, y docente titular de Análisis del lenguaje en uso en Argentina en la Facultad de Lenguas de la UNC.

"Para la sociolingüística y la dialectología –que examina la variación en función del origen y/o asentamiento geográfico de sus usuarios– la lengua es variable en diferentes niveles: la pronunciación, el léxico, la morfosintaxis y el discurso. El análisis de esos niveles nos revela datos sobre la forma de hablar de una comunidad”, completa.

Por ejemplo, el uso de una palabra nos da indicios sobre el origen del hablante: decir “chango” para referirse a un “chico o muchacho” o decir “bizcocho” en vez de “criollito” significa que el interlocutor es del noroeste de nuestro país.

El español argento

La base del español que hablamos en Argentina es ya una mixtura. Según relata Delicia Martínez, “durante la Conquista ingresaron, desde el Río de la Plata, Perú y Chile, expediciones conformadas por criollos, indios y mestizos, que acompañaban a españoles de origen andaluz, castellano y extremeño. Esos españoles, en su mayoría con larga residencia en América, trajeron consigo una variedad de lengua fraguada ya en otras regiones del continente, alejada de la peninsular e innovadora en vocablos, expresiones y sentidos”.

La influencia de las lenguas nativas, sobre todo del quechua y del guaraní, también delinearon nuestro perfil lingüístico. “Fue profunda la integración cultural de los nativos del noroeste y del noreste argentino con el conquistador, ya que sus lenguas, habladas y entendidas en vastos territorios, funcionaron como vehículo de la catequización. Además, en esas regiones se establecieron los principales centros de explotación minera y yerbatera de la Corona, en los que la mano de obra indígena jugó un papel protagónico e implicó un dilatado contacto entre nativos y españoles”, comenta el especialista.

De ese contacto nos quedaron préstamos léxicos como “ají”, “ananá”, “batata”, “cacao”, “cancha”, “chicle”, “choclo”, “chocolate”, “maíz”, “mandioca”, “maní”, “mate”, “ñandú”, “ombú”, “palta”, “pampa”, “surubí”, “tabaco” y “yuyo”.

Según parece, estos vocablos son de las pocas cosas que sobreviven de los pueblos nativos, porque tantos sus lenguas como los pueblos hablantes fueron en su mayoría exterminados: de las 35 lenguas que se hablaban en nuestras tierras cuando llegaron los españoles, hoy se estima que se han reducido a no más de 15 y siguen en baja, debido a que las comunidades étnicas son muy pequeñas en número de hablantes.

“El Estado argentino, en la ley de Educación Nacional sancionada en 2006, manifiesta el objetivo de proteger estas lenguas a través de la denominada 'educación intercultural bilingüe'. Sin embargo, la consecución de este propósito topa con diversas carencias, relativas a las políticas educativas y sociales, que deberían implementarse para a revertir la desfavorecida situación del bilingüismo en el país”, comenta el investigador.

Por otro lado, la inmigración europea que llegó a nuestro país a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tuvo un gran impacto en nuestra manera de hablar. Por ejemplo los dialectos del italiano, sobre todo, enriquecieron grandemente el léxico patrimonial español. En Buenos Aires no solo se incorporaron italianismos generales referidos a comidas y bebidas, como “bondiola”, “brócoli”, “capuchino”, “grapa”, “grisín”, “mistela”, “muzzarella”, “pascualina”, “pastafrola”, “ricota” y “rúcula”; sino que, además, forjó en su seno el lunfardo.

“Esta jerga del hampa se convirtió en habla popular, marca identitaria tanto del español rioplatense como de toda la Argentina. La singularidad del lunfardo se dibuja en los significados metafóricos que evocan, por ejemplo, las palabras “bagallo”, “berretín”, “bocha”, “capo”, “cucuza”, “chanta”, “chicato”, “faso”, “laburar”, “linyera”, “mufa”, “minga”, “naso”, “pibe” o “yeta””, expresa Delicia.

La lengua, así como muchas veces pasa inadvertida, hay momentos en que pone en evidencia su juego de poder: las palaras que se dicen y las palabras que se callan. Pero, a veces, el avance de la construcción de la realidad que se hace desde el idioma es más sutil, como las formas de referirse a los géneros, que, en el último tiempo, parecen cambiar las formas de referirnos al otro/otra y a nosotros mismas.

Estas nuevas formas, como el uso de @ o la “E” en el plural de algunas palabras, es una revolución que se gesta en los hablantes, y puede que algún día, quizá impredecible, alcancen el reconocimiento de instituciones como la Real Academia Española. Mientras tanto, desde las grietas del lenguaje establecido, se van colando estas y otras nuevas maneras de referirse a la realidad. Porque la lengua también es un territorio de poder, que todos creamos día a día.

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