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Identifican que la escuela y la familia influyen en la aparición de conductas de acoso entre estudiantes

Cuanto más perciban los y las jóvenes un clima escolar y familiar negativo, mayor es la posibilidad de que manifiesten entre ellos conductas violentas y agresivas. La conclusión surge de un estudio de la UNC y el Conicet que encuestó a 3.500 adolescentes de 47 escuelas secundarias públicas y privadas de Córdoba. Los resultados señalan la importancia del trato y el compromiso del docente en la problemática, al igual que el modo en que se resuelven los conflictos dentro de la familia. Para abordar este tema en el aula, un equipo interdisciplinario elaboró un material pedagógico basado en datos empíricos locales, que será presentado el lunes 27 en la UNC. [22.05.2019]

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Candela Ahumada
Por Candela Ahumada
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
cahumada@comunicacion.unc.edu.ar

El acoso y la violencia entre pares en el ámbito escolar es una problemática global: afecta a casi un tercio de los y las adolescentes del mundo, según el último informe desarrollado por la Unesco en 144 países y regiones con diferentes niveles de ingreso. En Córdoba, la temática no es ajena: el 63% de los y las jóvenes del secundario dijo haber sufrido acoso por parte de sus pares alguna vez, de acuerdo a un estudio desarrollado en la UNC.

¿Qué influencia tiene el clima escolar y familiar en la manifestación de conductas de este tipo?

Una investigación realizada por un equipo de psicólogas del Instituto de Investigaciones Psicológicas dependiente de la Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet analizó qué variables del contexto escolar y familiar ayudan a explicar los roles de agresor, víctima y observador que se dan una situación de acoso entre pares, tanto cara a cara como a través de las redes sociales. Para ello, se encuestaron a 3.500 adolescentes de entre 11 y 20 años, de 47 escuelas públicas y privadas de Córdoba (1°, 3° y 5° año del secundario), diferenciando entre mujeres y varones.

De las conclusiones se desprende que ambos climas –entendidos como las percepciones que los y las jóvenes tienen acerca de las relaciones interpersonales que se establecen en la escuela y la familia– están asociados a la manifestación de conductas violentas entre adolescentes.

También detectaron que el vínculo con los adultos resulta clave. “A medida que los adolescentes perciben como más apropiadas, justas y adecuadas las conductas y actitudes de los docentes y padres, disminuye la aparición de conductas disruptivas y agresivas en ellos”, apunta Griselda Cardozo, directora del proyecto y profesora de la Facultad de Psicología.

La especialista destaca la importancia de comprender que los roles son siempre situacionales. “Partimos de un enfoque relacional, es decir, hablamos de roles de personas involucradas en una situación de violencia, no de perfiles fijos y predeterminados”. De ese modo, cuestiona que la actuación como “agresor” o “víctima” sea atribuible a la personalidad o “esencia” de quienes participan en una situación de acoso.

La investigación también encontró diferencias significativas en el comportamiento de hombres y mujeres, y muestra que, tanto en las escuelas de gestión privada como pública, hay mayor cantidad de varones en los roles de agresores en una situación de acoso, un dato que las psicólogas vinculan con los roles de género y estereotipos masculinos dominantes (ver “Los varones, con mayores niveles de violencia”).

Con el objetivo de contribuir al tratamiento de esta problemática en el aula, se elaboró un material pedagógico, que incluye talleres y videos para proyectar en el aula, destinado a las escuelas secundarias. La propuesta será presentada el lunes 27 en la UNC, y en su realización participaron el equipo de investigadoras del IIPSI, la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (Uepc), y UNCiencia, la agencia universitaria de comunicación pública de la ciencia.

Cada rol, según el entorno

Entre las variables del clima escolar, detectaron que el modo en que el y la estudiante percibe que el docente se relaciona con él, y el grado de satisfacción que sienta con la escuela, son centrales en la aparición o evitación de conductas violentas. A esa conclusión arribaron tras consultar la opinión de los y las jóvenes acerca de cuestiones como el trato recibido por parte del docente, la comunicación que tengan con él, si perciben violencia en la escuela, o si les gusta la institución y permanecerían en ella. Y se encontró que una valoración general negativa de estos aspectos por parte del adolescente incide en la manifestación de la agresión.  

También observaron que las conductas agresivas se pueden evitar en la medida en que haya una mejor resolución de conflictos a nivel familiar, a través del diálogo y la escucha. En cambio, el comportamiento violento tenderá a aparecer cuanto menos compromiso sientan los hijos que tienen los padres hacia ellos (implicancia parental). Ese compromiso se mide por acciones como dedicar tiempo para hablar, compartir juntos actividades de ocio, comer en familia, asistir a reuniones escolares, y establecer hábitos y normas claras de convivencia intrafamiliar, entre otras.

Para el caso del que sufre el acoso, el estudio encontró que un mejor ejercicio de la autoridad y resolución de conflictos a nivel familiar, así como la contención y apoyo institucional en la escuela contribuyen a evitar que el o la joven juegue el rol de víctima. Por el contrario, tendrá más chances de ocuparlo, si existe una menor presencia de los padres en la vida de sus hijos e hijas, y un mal vínculo con el docente.

Finalmente, no se detectó que el entorno familiar tenga influencia entre quienes son observadores de la situación de acoso, un rol que las investigadoras consideran “muy importante para el sostenimiento de las conductas violentas”. En cambio, algunos jóvenes ejercerán el rol de testigos en la medida en que detecten mayor presencia de manifestaciones de violencia en la escuela, y tengan menor satisfacción con la institución.

A partir de los resultados, las investigadoras remarcan la importancia de que “el docente y los padres participen activamente en la creación de climas escolares y familiares positivos”. En ese sentido apuntan que sería recomendable que los programas de prevención sobre esta problemática incluyan instancias de capacitación a los docentes, con el fin de contar con herramientas para poder intervenir frente a estos casos, y promover la construcción de vínculos más cercanos entre docentes y estudiantes, y entre el y la adolescente y sus pares. También para que “puedan pensar acciones que acerquen a las familias al ámbito escolar, y generar un verdadero trabajo en red. Es clave que la escuela integre a los distintos actores de su comunidad”, indican las autoras.

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