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200 kilómetros por delante

Una redactora de UNCiencia acompañó al equipo de Proyecto Expedición en su viaje a la laguna Mar Chiquita, a fines de marzo de este año. En esa oportunidad, el grupo se contactó con observadores de aves de la región de Ansenuza, quienes oficiaron de guías y anfitriones. En esta crónica, una aproximación a ese viaje. 

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200 kilómetros por delante. El cielo encapotado disuelve los límites de la pampa. En caravana, dos autos, nueve pasajeros. Carpas, garrafas, ropa térmica, botas de lluvia, largavistas. No hay muchos planes establecidos, pero a la una nos esperan, en el Museo Aníbal Montes de Ciencias Naturales de la Región de Ansenuza, miembros del Club de Observadores de Aves Ansenuza Miramar.

Llegamos con llovizna, el Museo es un chalet ubicado en el centro de Miramar, ciudad costera de la laguna Mar Chiquita. En el Museo se explica al visitante la historia de la región desde diversas disciplinas como la geología, la paleontología, la arqueología o la antropología. Completan el paisaje una colección de plantas autóctonas atrapadas en ámbar, una vitrina con mariposas e insectos, especímenes taxidermizados de fauna local y un panel que incluye la descripción y audios de cantos de aves autóctonas, en homenaje a Darío Izurieta, naturalista, pintor y amante de esta región.

Hugo, del Club de Observadores de Aves, nos lleva hasta el camping donde la expedición hará su base. El cielo sigue encapotado y la llovizna insiste. No importa. Igual se arma el campamento, entre perros que van y vienen. Después se improvisa un almuerzo con lo que cada uno trajo. En una mesa de cemento, con la laguna plateada de fondo, leemos a Hito Steyerl, artista y ensayista alemana de origen japonés. Hito, en la voz de Carolina, directora del equipo, dice cosas como “si la identificación tiene que ver con algo, es precisamente con este aspecto material de la imagen, con la imagen como cosa, no como representación”, y más adelante pregunta: “¿Y si la verdad no se encuentra ni en lo representado ni en la representación?, ¿y si la verdad se encuentra en la configuración material de la imagen?”. Después de una discusión sobre las condiciones de producción de las imágenes, sobre la distancia entre el sujeto y el objeto, empieza la acción.

Bajamos a la playa, inundada por la resaca. Un mapa fantasmal se dibuja en el piso, restos de casas todavía visibles, fragmentos de cosas sin tiempo, los troncos de árboles que se alzan perpendiculares a ese horizonte borroneado, negros, preservados por la sal. Al oeste, el hotel. Espectral como un barco encallado.

Cada uno recorre el espacio en los términos de su proceso: observación, toma de notas, recolección. Silvana recoge plantas para su posterior clasificación. Quiere estudiar sus propiedades y ver qué pigmentos puede extraer de allí. Hay una que brilla sobre el día gris, una carnosa de color fucsia, se llama Jume. Paula observa los restos de la sal, la modificación sobre el paisaje, la preservación o la corrosión a la que somete a los materiales. Alguien se aproxima con un regalo para ella: una lagartija muerta pero preservada por la salinidad del ambiente. Hay pececitos muertos, parecen fósiles. Manuel los registra, está poniendo a prueba su misma condición de observador. Santiago intenta crear una máquina, con ramas, y el gesto recuerda a las “Strandbeest” de Theo Jansen, artista y escultor cinético holandés.

Este grupo ensaya pararse en una zona de frontera y redefinir desde ahí sus propias categorías. Algo ligado a las preguntas históricas que cruzan a quienes producen una obra, o una práctica, en el marco del discurso del arte, pero también a todo aquel que ensaye aproximarse a lo real y ponerlo a prueba: la ciencia, por ejemplo. Los miembros del Club de Observadores de Aves, anfitriones de este viaje, habitan en la misma zona de frontera: qué es la observación de aves sino una práctica a mitad de camino entre el amateurismo y la ciencia. Ellos son los que conducen una inmersión en el monte, para observar aves autóctonas imposibles de ver en otro contexto, más cerca de ámbitos humanizados.

En la tarde fría y por senderos embarrados (ya se dijo, algunos precavidos trajeron botas de goma; otros nos conformamos con simples bolsas de nailon que nos envuelven los pies) buscamos pájaros, los escuchamos, y también encontramos arañas multicolores, cuya tela es revelada por las gotas de lluvia.

Queda pendiente una excursión a la Bahía Loma de los indios, una marisma formada por el Río Xanaes que es hábitat de flamencos y falaropos, pero el clima y el estado de los caminos la vuelve imposible.

Vale destacar que, para un observador de aves, este es el lugar perfecto. La región de Ansenuza es parte de la Red Hemisférica de Aves Playeras; acá viven 200.000 flamencos y 500.000 falaropos. Entre los datos curiosos que nos llevamos de esta excursión, nos enteramos que estos últimos, los falaropos, viven alrededor de 30 años y que, entre sus idas y vueltas migratorias, suman un kilometraje equivalente a un viaje a la luna.

Al otro día visitamos el hotel. El barco encallado en la costa de la laguna. La historia del lugar es ambigua en su relato, plagada de mitos. Pero hay algo cierto: la laguna tiene flujos oscilantes de crecimiento y, a los pocos años de que esta mole fue construida sobre la costa, la laguna se retiró cinco kilómetros. El hotel pasó a ser una isla en medio de la llanura. A los pocos años quedó a merced de la sal y de los vándalos ocasionales que fueron saqueando sus tesoros. Una carcaza invadida por plantas e insectos es lo que queda. En una pared trepan las lilas, sobre las lilas las arañas tejen una tela neblinosa. 

Son las seis de la tarde del domingo, la frontera de la laguna sigue difuminada con el cielo, gris. Es hora de empezar el camino inverso, el movimiento de repliegue. Se desarman las carpas, entre los perros que siguen yendo y viniendo, se cargan los baúles de los autos, se despide a los nuevos amigos, y subimos al auto. Los 200 kilómetros de ruta, la noche rojiza de tormenta, nos llevan de vuelta a Córdoba capital.

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