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Un trabajo intergeneracional

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Un trabajo intergeneracional

Equipo de trabajo del Centro de Investigaciones Aplicadas, de la Fuerza Aérea Argentina.

Para Luis Murgio, el desarrollo en Argentina de un proyecto de esta envergadura tiene un valor destacado: “Este satélite tiene todo el desarrollo local, salvo los integrados que no se producen en el país. Podríamos comprar un micro satélite listo en el exterior, pero en este caso desarrollamos todo: la computadora, el software, la estación terrena y la propulsión. El know how que dejará este proyecto es muy importante, porque al contar con los conocimientos y entrenamientos, al próximo satélite lo podremos construir en un tiempo mucho menor”.

Los responsables también destacan que la construcción y puesta en órbita del µSAT-3 permitirá potenciar el desarrollo de tecnologías satelitales de bajo costo, mantener la continuidad de la línea de investigación y desarrollo espacial iniciada en Córdoba en la década del ´60 y discontinuada por el Estado nacional en 1990, además de incentivar el interés de la sociedad y los jóvenes en el estudio de la ciencias y las ingenierías.

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Para lograr estos objetivos es fundamental la consolidación de un equipo de trabajo con gente joven capaz de capitalizar el conocimiento acumulado en el Centro de Investigaciones Aplicadas en los últimos 25 años en el área aeroespacial.

“Aquí hay ingenieros en aeronáutica, mecánicos, electrónicos y en computación. Son todos ingenieros, pero el `idioma´ de cada uno es diferente. Por eso es fundamental la integración del equipo: no es lo mismo cómo ve un aeronáutico una caja y cómo ve un electrónico una plaqueta. La integración de las distintas capacidades y los distintos lenguajes es fundamental para llevar adelante un proyecto multidisciplinario como es la construcción de un satélite”, subraya Murgio.

Efectivamente, en el equipo hay dos grupos etarios muy marcados: los más experimentados, que formaron parte de proyectos emblemáticos como el desarrollo del misil Condor II, y un grupo numeroso de ingenieros "sub 30" repartidos en cada una de las áreas en que se divide el proyecto. Entre ambos grupos hay 20 años de distancia, un hiato que tiene un vínculo directo con la historia reciente del desarrollo aeroespacial argentino.

El aporte de los trabajos finales de los alumnos de las universidades tiene un rol importante en el proyecto. Murgio destaca que en este tipo de desarrollos es habitual que para encontrar la solución a un problema se deba seguir dos o tres caminos posibles. “Esos caminos son recorridos en paralelo, para luego seleccionar el más adecuado. Esa tarea, en muchos casos, es llevada adelante a través de las tesinas de grado de los estudiantes”, apunta.   

Pablo Morales es un joven ingeniero en computación, que egresó el año pasado de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UNC y trabaja en el CIA a través de una beca de maestría. Su tarea es programar el software de la computadora de a bordo. Reconoce que jamás imaginó participar en un proyecto de esta magnitud: “Es muy gratificante trabajar con gente de tanta experiencia, porque dejamos mucho en este proyecto. Para mí sería un orgullo muy grande ver el satélite en órbita”.
Santiago Rodríguez González es otro de los ingenieros jóvenes que trabajan en el proyecto desde 2012. Para él, el vínculo del CIA con la universidad es fundamental para seguir enriqueciendo los equipos de trabajo: "Ingresé en 2009, cuando estaba haciendo el proyecto final de la carrera; seguí como becario y finalmente ingresé a trabajar en el proyecto de modo permanente. Actualmente estoy encargado de la computadora de a bordo y el control de actitud. Acá siempre hace falta gente y aceptamos la participación de estudiantes que realizan sus prácticas profesionales o trabajos finales”.
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